jueves, 17 de agosto de 2017

Las nobles


Mi ciudad natal estaba llena de mujeres de la nobleza.
Tenía 12 años pero, como empedernida lectora, sabía muy bien que la partícula "de" en los apellidos era señal de alto linaje. 

Me fijé por primera vez durante aquellas vacaciones de verano en España dedicadas a localizar y visitar familiares. ¿Cómo no lo había visto antes? Por doquier había plaquitas en buzones y puertas que anunciaban que allí vivían mujeres con la noble "de" :  Asunción Martínez de Valle, Dolores Heredia de González, Carmen Borja de Gómez, Trinidad Flores de Torres, Presentación Díaz de Ruiz... eran legión,  empecé a apuntarlos en una libreta al verano siguiente y durante los restantes, en una ardua investigación infantil secreta por portales, emocionada por el descubrimiento de que las mujeres españolas éramos de sangre azul. 

Con el paso de los veranos y mi libreta a rebosar me surgieron interrogantes, en concreto tres:

1/- Sólo las mujeres en España, incluido las de mi familia allí, eran nobles. Las que vivían en Bélgica, no: ni mi madre ni mis tías ni yo ni ninguna compatriota o amiga española lo éramos. 
2/- Ningún hombre español era noble, no portaban la "de"
3/-  En españa los hombres llevaban el apellido de nobleza de la esposa sin la "de".

Era un galimatías que me tenía intrigada y preocupada.

Gracias a la embajada de España en Bruselas se resolvieron todas mis dudas de sopetón. Aquella funcionaria preguntó a mi tía, recién casada con un belga y pretendiendo registrar su matrimonio: ¿de Lefebvre? 
Aunque mi tía, a la que no reconocieron el matrimonio por no celebrarse por rito católico, se quedara sin ser noble ni objeto sino  ella misma y a pesar de su indignación, yo me sentía especialmente feliz y eufórica: yo jamás sería "noble". Mi investigación había concluido.

miércoles, 16 de agosto de 2017

La "Señá Tonelá" - I


Mujerona de tomo y lomo, la Señá Tonelá era imponente y temible: enlutada de pies a cabeza, el pelo estirado recogido en un moño, alta y ancha y, aún así, con menos cuerpo que carácter y personalidad.

Protectora excepcional de la familia a la vez que autoridad suprema, no había nadie que se atreviera a tocarle un pelo a un ser querido o que le tosieran a ella, ni propios ni extraños.

Bien lo sabía el médico del pueblo que en un audaz alarde de sabiduría le auguró imprudentemente la muerte de su hija que se consumía de fiebres altas : "Tss, de esta noche no pasa". En menos de un parpadeo se vió atrapado por el cuello, en volandas y rodando por la escalera empinada retumbando en sus oídos la horrible advertencia de la Señá Tonelá:  "¡Cúrala! ¡Su pellejo guarda el tuyo!"
Ni que decir tiene que logró curarla salvando así su pellejo magullado.

El padre

El gato negro, erizado, aterrizó en el centro del pecho de la mujer dormida que se despertó sudorosa, ahogada en un alarido: ¡¡ Vicente !!

Año y medio atrás, Vicente, su marido, trabajaba en una fábrica de pescado. Elegido por sus compañeros para representarles, trasladó a la dirección una petición de mejoras laborales. Despedido, fue tachado de rojo y elemento subversivo; el expediente manchado que le impedía encontrar trabajo, rechazado por conocidos y amigos por temor a ser también acusados anónimamente de rojos.

La penuria, desesperación y el hambre de sus hijos, un niño de 4 años y una niña de un año, en especial de ésta que ya sufría raquitismo, se alimentaba de caliche y cucarachas y competía en batallas campales con los gatos del vecindario por las espinas, le empujaron a emigrar hacia las minas de carbón de Europa.

Una noche de medio año después, a más de 2.000 kms de distancia, en la explanada de la mina, agonizante bajo las enormes ruedas de un camión minero, salió despedido de su pecho abierto, como un gato asustado, su último suspiro envuelto en nombre de mujer.

martes, 15 de agosto de 2017

El abuelo


Era una noche invernal cerrada. Como cada final del día, la familia Blanco se reunía en torno a la mesa camilla buscando el calor del brasero de carbón.

Las mujeres cosían, los niños leían estampitas religiosas, iluminados por el quinqué del centro de la mesita cuya llama dibujaba sombras caprichosas a cada puntada o mínimo movimiento.

 Algo apartado, el abuelo los observaba con su mirada inquietantemente celeste destelleando a través de la espesura oscura, el silencio tenso rasgado únicamente por los gemidos rítmicos de su mecedora. 
Inesperadamente, desde el pozo interior más profundo del abuelo, surgió aquella frase con voz monótona e inquisitiva que hizo temblar hasta a los muertos: ¿Quién es ese hombre que está ahí detrás?

La maldición


Corría octubre de 1938. A la abuela se le comía la pena y los demonios por no saber del hijo que combatía en la batalla del Ebro. De cinco hijos, el único varón, el resto, hembras. Delirio y pasión confesaba por él hasta el punto de lavarle ella misma los condones reutilizables en agua tibia y, tras secarlos, añadirle polvo talco.

Desesperada, se aferró a la superstición que tanto consuelo y respuestas ofrecía.
Ese día, en los postres, partiendo un trozo de sandía comprado por estraperlo, pronunció aquella angustiosa pregunta dirigida a los espíritus: ¿Está mi hijo vivo o muerto?

Desde la calle penetró como un rayo un aterrador grito infantil que invadió la casa entera provocando la maldición eterna de la abuela sobre ese niño y sobre las sandías, prohibidas desde ese mismo momento en su casa: ¡Está muerto!

La tita


Sumamente inteligente, sin estudios pero autodidacta, sin embargo la tita Loli no tenía don de niños ni paciencia ni tacto.
Su técnica para arreglar conflictos infantiles consistía en atarlos en sillas para calmarlos o repartir capones profesionales en medio del cráneo con el nudillo del dedo corazón.

Por la noche, cuando el cansancio la ablandaba, es cuando caía bajo la influencia de algún sentido maternal oculto y le daba por cantar a los niños alguna nana "apaciguadora": "¿Cae o no cae? Y cayó un brazo.¿Cae o no cae? Y cayó una pierna. ¿Cae o no cae? Y cayó otro brazo.¿Cae o no cae? Y cayó una cabeza..."

martes, 14 de marzo de 2017

La Madre.


La madre resistía  solo porque lo era, no existían más razones ni motivos. 

No lo parecía. A pesar de que lucía más joven de la edad que tenía, nadie podía imaginarse la devastación y la agonía que arrastraba. Cargaba con el peso de toneladas de trizas de su corazón, pedazos una y otra vez  rotos  que, como agujas punzantes, se clavaban  en el mismo centro de su alma a cada latido. 
Únicamente la visión del corazón herido de alguna de sus hijas conseguía que el suyo, destruido, se recompusiera milagrosamente convirtiéndose en ofrenda.

Aquella maldita noche sucedió de nuevo.
De la profundidad de los ojos de su hija vio el relámpago que, como un desgarrador lamento, surgía al resquebrajarse su frágil corazón.
La madre no tardó ni un segundo en extenderle el suyo entre sus manos, recompuesto, potente, dispuesto a recibir los golpes en el lugar del de su hija, a modo de escudo luminoso y rabioso de ternura.

De un manotazo lo rechazó, pobre viejo e inútil corazón.
Cuidadosamente recogió con sus lágrimas silenciosas las astillas esparcidas para que estuviera completo si alguna vez lo necesitaran.

La madre resistía solo porque lo era, no existían más razones ni motivos.

martes, 7 de marzo de 2017

No lo volveré a hacer.




"¡Eres igual que tus tías que eran unas putas!"

Tenía 15 años y era verano. Hacía un par de días que me había depilado las cejas por primera vez. Fue en la peluquería del barrio, donde me gasté para eso lo poquito que lograba ahorrar y que normalmente invertía en algún libro.
Las demás chicas conocidas llevaban tiempo iniciadas en el cuidado de su femineidad incluso de la mano de sus propias madres, pero yo no y menos aún con la ayuda de la mía. No me atrevía, me aterraba imaginar lo que me esperaba en casa si descubrían algún cambio. Ni maquillajes ni depilaciones ni peinados ni complementos ni ropa de moda. Nada de nada.

De modo que cuando salía con el grupo de amigas, daba la nota...para mal. Me sentía ridícula, un esperpento con mis supercejas y mi bigotito. La presión por las burlas y por los intentos continuos de las chicas para que me cuidara era enorme pero más soportable que recibir palizas o humillaciones.

Hasta que cedí. Tras muchas dudas y temblores, decidí dar el paso no sin antes trazar un plan para evitar que después me descubrieran en casa y que consistía simple e inocentemente en procurar no mirar a la cara a mi madre y a mi padrastro e incluso a mis hermanos que podrían irse de la lengua. Ingenuo plan ya que en algún momento tendría que sentarme a la mesa con ellos, el escándalo era inevitable.

Sin embargo yo confiaba en la suerte y en que no se notara. Quitarse unos poquitos pelos, los justos, pasaría desapercibido.

Así que, sin comentar nada a nadie, cogí mis ahorros y me fui a la peluquería. No sé por qué razón me sentía avergonzada, sin saber cómo pedir que me depilaran. Afortunadamente la chica era muy amable, me tranquilizó pensando que temía al dolor de las pinzas cuando en realidad estaba aterrorizada por mi audacia.

Me sentó en un sillón frente a la  ancha ventana que ofrecía una panorámica del barrio. ¡Dios mío, me va a ver todo el mundo! ¿Pero cómo explicarle que andaba a escondidas? Ni loca se lo contaría.
Me untó crema y empezó la faena. Lo cierto es que ni siquiera recuerdo si me dolía, de lo que sí me acuerdo es que estaba muy atenta a cualquiera que pasara por delante de la peluquería o que entrara, sin parpadear. Me comía la desazón por dentro.

Yo creía que no tardaría tanto pero sí tardaba, o eso me parecía. Deseaba desesperadamente que acabara  de una vez pero había pasado una eternidad y aún seguía con la primera ceja.  Confieso que, arrepentida y angustiada, me planteé huir con una única ceja depilada; lo descarté porque no atinaba en cómo haría para justificarme ante la chica para irme, además, con cejas dispares daría más la nota (ese pensamiento me hacía entrar en pánico). Estaba hecha un manojo de nervios: sudaba, bufaba, subía y bajaba los párpados para molestar a la peluquera y se decidiera a terminar. "Por favor, no me depiles demasiado, solo un poquito", "Sí, sí, no te preocupes, es que no quiero hacerte daño, por eso voy despacito"

Por fin, cejas depiladas. Cuando me puso el espejo delante, me quería morir. Y no es que me hiciera un destrozo, no, es que estaban perfectas, ¡demasiado perfectas! Yo no las quería así, ¡el cambio resaltaba demasiado!

Pagué y salí corriendo, no quería que nadie me viera la cara. Corría con la cabeza gacha hacia casa para meterme en mi cuarto del tirón  y buscar alguna solución. ¡Tenía que encontrar alguna! Y la solución fue usar un lápiz negro de colorear (no de maquillaje, pues no tenía) para rellenarme las cejas. A golpecitos y frotando suavemente, hice lo que pude. El siguiente paso debía ser huir a la calle para pasar fuera cuanto más tiempo pudiera.

Y  cruzando rápidamente el salón hacia la puerta de entrada fue cuando él me pilló.
Me agarró de un brazo. ¡¿Adónde vas?! Me jaló y se quedó mirándome a los ojos.

Y empezaron los gritos.

"¡Te has pintado las cejas!" "¡Eres igual que tus tías que eran unas putas!"

Estaba petrificada, encogida, sudando terror por los poros por la paliza que estaba al caerme y sin entender a qué se refería. ¿De qué tías hablaba? Yo no sé nada de ninguna puta. Yo no soy una puta. Me sentía sucia, culpable, una basura. A empujones, golpes e insultos me obligó a volver a mi cuarto donde quedaría encerrada y castigada varios días. Días durante los cuales oía cómo todos iban y venían, reían, comían ...y despotricaban contra mí. La soledad, la tristeza y el desconsuelo eran absolutos y, por supuesto, el miedo que lo impregnaba todo.

Si tenía alguna tía puta entonces esa condición seguramente se heredaba, pensaba, ahora entiendo el porqué quería depilarme, soy una cerda. No debí haberme atrevido, me merezco el trato que recibo. Tengo que disculparme y prometer que no lo volveré a hacer más. No lo volveré a hacer más.



lunes, 6 de marzo de 2017

Oscuro desquite



Vuelvo de una noche-madrugada fantástica. Con mi puntito. Estoy eufórica, logré aplacar mi dolor aunque aún me pinchen algunos destellos de amargo victimismo.

Imposible echarme a dormir, toda yo vibro.


¿Qué encontraré que pueda serenarme?


Ni peli ni serie ni, por supuesto, un libro.


Enchufo música y sigo bailando.

Esto es peor, es demasiado estimulante.


Y entonces, recuerdo...¡Voy a probarlo! ¿Por qué no? Ya sé que había renegado pero ahora estoy en otra onda.


Hay 10 mensajes.

Voy recorriendo la lista, leyendo solo los principios, sintiendo.
Hasta que algo me hace parar.
¡Este!

Contesto. Todo fluye, divertido, ameno. Poco a poco pasamos de un plano a otro hasta llegar al punto exacto donde todo debía converger.

El tema es fascinante. Hay que desinhibirse y este, precisamente, es mi momento ideal.
Tras algunos tanteos, algunas aclaraciones, decido aceptar la propuesta, me seduce la idea.

¡Vamos, vamos, vamos!



- Sí, acepto.


- ¿Crees que puedo llegar a estar debajo de tus pies? ¿Soy el hombre al que te gustaría dominar, convertir en tu perro y esclavo?


- Estás en el filo de la navaja. Demuéstrame que eres el "Hombre" que se merece pagar por todos los demás hombres. No me hagas perder estúpidamente el tiempo en ti.


- Mi Ama, haré todo cuanto quieras. Ya sé que soy un inútil y torpe pero aprenderé, te obedeceré, tus deseos serán lo primero.



(Joder, qué gusto, ahora sí me siento bien, relajada. Es un trato cojonudo, el futuro se vislumbra luminoso y excitante.)


Cambio.



- ¿Ama? 


(Sin falta mañana le haré otra visita, no es para menos.
)


Y


Cierro.

 Sin despedirme, le regalo mi desdén. Se ha ganado esa felicidad.