martes, 7 de marzo de 2017

No lo volveré a hacer.




"¡Eres igual que tus tías que eran unas putas!"

Tenía 15 años y era verano. Hacía un par de días que me había depilado las cejas por primera vez. Fue en la peluquería del barrio, donde me gasté para eso lo poquito que lograba ahorrar y que normalmente invertía en algún libro.
Las demás chicas conocidas llevaban tiempo iniciadas en el cuidado de su femineidad incluso de la mano de sus propias madres, pero yo no y menos aún con la ayuda de la mía. No me atrevía, me aterraba imaginar lo que me esperaba en casa si descubrían algún cambio. Ni maquillajes ni depilaciones ni peinados ni complementos ni ropa de moda. Nada de nada.

De modo que cuando salía con el grupo de amigas, daba la nota...para mal. Me sentía ridícula, un esperpento con mis supercejas y mi bigotito. La presión por las burlas y por los intentos continuos de las chicas para que me cuidara era enorme pero más soportable que recibir palizas o humillaciones.

Hasta que cedí. Tras muchas dudas y temblores, decidí dar el paso no sin antes trazar un plan para evitar que después me descubrieran en casa y que consistía simple e inocentemente en procurar no mirar a la cara a mi madre y a mi padrastro e incluso a mis hermanos que podrían irse de la lengua. Ingenuo plan ya que en algún momento tendría que sentarme a la mesa con ellos, el escándalo era inevitable.

Sin embargo yo confiaba en la suerte y en que no se notara. Quitarse unos poquitos pelos, los justos, pasaría desapercibido.

Así que, sin comentar nada a nadie, cogí mis ahorros y me fui a la peluquería. No sé por qué razón me sentía avergonzada, sin saber cómo pedir que me depilaran. Afortunadamente la chica era muy amable, me tranquilizó pensando que temía al dolor de las pinzas cuando en realidad estaba aterrorizada por mi audacia.

Me sentó en un sillón frente a la  ancha ventana que ofrecía una panorámica del barrio. ¡Dios mío, me va a ver todo el mundo! ¿Pero cómo explicarle que andaba a escondidas? Ni loca se lo contaría.
Me untó crema y empezó la faena. Lo cierto es que ni siquiera recuerdo si me dolía, de lo que sí me acuerdo es que estaba muy atenta a cualquiera que pasara por delante de la peluquería o que entrara, sin parpadear. Me comía la desazón por dentro.

Yo creía que no tardaría tanto pero sí tardaba, o eso me parecía. Deseaba desesperadamente que acabara  de una vez pero había pasado una eternidad y aún seguía con la primera ceja.  Confieso que, arrepentida y angustiada, me planteé huir con una única ceja depilada; lo descarté porque no atinaba en cómo haría para justificarme ante la chica para irme, además, con cejas dispares daría más la nota (ese pensamiento me hacía entrar en pánico). Estaba hecha un manojo de nervios: sudaba, bufaba, subía y bajaba los párpados para molestar a la peluquera y se decidiera a terminar. "Por favor, no me depiles demasiado, solo un poquito", "Sí, sí, no te preocupes, es que no quiero hacerte daño, por eso voy despacito"

Por fin, cejas depiladas. Cuando me puso el espejo delante, me quería morir. Y no es que me hiciera un destrozo, no, es que estaban perfectas, ¡demasiado perfectas! Yo no las quería así, ¡el cambio resaltaba demasiado!

Pagué y salí corriendo, no quería que nadie me viera la cara. Corría con la cabeza gacha hacia casa para meterme en mi cuarto del tirón  y buscar alguna solución. ¡Tenía que encontrar alguna! Y la solución fue usar un lápiz negro de colorear (no de maquillaje, pues no tenía) para rellenarme las cejas. A golpecitos y frotando suavemente, hice lo que pude. El siguiente paso debía ser huir a la calle para pasar fuera cuanto más tiempo pudiera.

Y  cruzando rápidamente el salón hacia la puerta de entrada fue cuando él me pilló.
Me agarró de un brazo. ¡¿Adónde vas?! Me jaló y se quedó mirándome a los ojos.

Y empezaron los gritos.

"¡Te has pintado las cejas!" "¡Eres igual que tus tías que eran unas putas!"

Estaba petrificada, encogida, sudando terror por los poros por la paliza que estaba al caerme y sin entender a qué se refería. ¿De qué tías hablaba? Yo no sé nada de ninguna puta. Yo no soy una puta. Me sentía sucia, culpable, una basura. A empujones, golpes e insultos me obligó a volver a mi cuarto donde quedaría encerrada y castigada varios días. Días durante los cuales oía cómo todos iban y venían, reían, comían ...y despotricaban contra mí. La soledad, la tristeza y el desconsuelo eran absolutos y, por supuesto, el miedo que lo impregnaba todo.

Si tenía alguna tía puta entonces esa condición seguramente se heredaba, pensaba, ahora entiendo el porqué quería depilarme, soy una cerda. No debí haberme atrevido, me merezco el trato que recibo. Tengo que disculparme y prometer que no lo volveré a hacer más. No lo volveré a hacer más.



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