martes, 14 de marzo de 2017

La Madre.


La madre resistía  solo porque lo era, no existían más razones ni motivos. 

No lo parecía. A pesar de que lucía más joven de la edad que tenía, nadie podía imaginarse la devastación y la agonía que arrastraba. Cargaba con el peso de toneladas de trizas de su corazón, pedazos una y otra vez  rotos  que, como agujas punzantes, se clavaban  en el mismo centro de su alma a cada latido. 
Únicamente la visión del corazón herido de alguna de sus hijas conseguía que el suyo, destruido, se recompusiera milagrosamente convirtiéndose en ofrenda.

Aquella maldita noche sucedió de nuevo.
De la profundidad de los ojos de su hija vio el relámpago que, como un desgarrador lamento, surgía al resquebrajarse su frágil corazón.
La madre no tardó ni un segundo en extenderle el suyo entre sus manos, recompuesto, potente, dispuesto a recibir los golpes en el lugar del de su hija, a modo de escudo luminoso y rabioso de ternura.

De un manotazo lo rechazó, pobre viejo e inútil corazón.
Cuidadosamente recogió con sus lágrimas silenciosas las astillas esparcidas para que estuviera completo si alguna vez lo necesitaran.

La madre resistía solo porque lo era, no existían más razones ni motivos.

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