miércoles, 16 de agosto de 2017

El padre

El gato negro, erizado, aterrizó en el centro del pecho de la mujer dormida que se despertó sudorosa, ahogada en un alarido: ¡¡ Vicente !!

Año y medio atrás, Vicente, su marido, trabajaba en una fábrica de pescado. Elegido por sus compañeros para representarles, trasladó a la dirección una petición de mejoras laborales. Despedido, fue tachado de rojo y elemento subversivo; el expediente manchado que le impedía encontrar trabajo, rechazado por conocidos y amigos por temor a ser también acusados anónimamente de rojos.

La penuria, desesperación y el hambre de sus hijos, un niño de 4 años y una niña de un año, en especial de ésta que ya sufría raquitismo, se alimentaba de caliche y cucarachas y competía en batallas campales con los gatos del vecindario por las espinas, le empujaron a emigrar hacia las minas de carbón de Europa.

Una noche de medio año después, a más de 2.000 kms de distancia, en la explanada de la mina, agonizante bajo las enormes ruedas de un camión minero, salió despedido de su pecho abierto, como un gato asustado, su último suspiro envuelto en nombre de mujer.

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