Corría octubre de 1938. A la abuela se le comía la pena y los demonios por no saber del hijo que combatía en la batalla del Ebro. De cinco hijos, el único varón, el resto, hembras. Delirio y pasión confesaba por él hasta el punto de lavarle ella misma los condones reutilizables en agua tibia y, tras secarlos, añadirle polvo talco.
Desesperada, se aferró a la superstición que tanto consuelo y respuestas ofrecía.
Ese día, en los postres, partiendo un trozo de sandía comprado por estraperlo, pronunció aquella angustiosa pregunta dirigida a los espíritus: ¿Está mi hijo vivo o muerto?
Desde la calle penetró como un rayo un aterrador grito infantil que invadió la casa entera provocando la maldición eterna de la abuela sobre ese niño y sobre las sandías, prohibidas desde ese mismo momento en su casa: ¡Está muerto!
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