Mi ciudad natal estaba llena de mujeres de la nobleza.
Tenía 12 años pero, como empedernida lectora, sabía muy bien que la partícula "de" en los apellidos era señal de alto linaje.
Me fijé por primera vez durante aquellas vacaciones de verano en España dedicadas a localizar y visitar familiares. ¿Cómo no lo había visto antes? Por doquier había plaquitas en buzones y puertas que anunciaban que allí vivían mujeres con la noble "de" : Asunción Martínez de Valle, Dolores Heredia de González, Carmen Borja de Gómez, Trinidad Flores de Torres, Presentación Díaz de Ruiz... eran legión, empecé a apuntarlos en una libreta al verano siguiente y durante los restantes, en una ardua investigación infantil secreta por portales, emocionada por el descubrimiento de que las mujeres españolas éramos de sangre azul.
Con el paso de los veranos y mi libreta a rebosar me surgieron interrogantes, en concreto tres:
1/- Sólo las mujeres en España, incluido las de mi familia allí, eran nobles. Las que vivían en Bélgica, no: ni mi madre ni mis tías ni yo ni ninguna compatriota o amiga española lo éramos.
2/- Ningún hombre español era noble, no portaban la "de"
3/- En españa los hombres llevaban el apellido de nobleza de la esposa sin la "de".
Era un galimatías que me tenía intrigada y preocupada.
Gracias a la embajada de España en Bruselas se resolvieron todas mis dudas de sopetón. Aquella funcionaria preguntó a mi tía, recién casada con un belga y pretendiendo registrar su matrimonio: ¿de Lefebvre?
Aunque mi tía, a la que no reconocieron el matrimonio por no celebrarse por rito católico, se quedara sin ser noble ni objeto sino ella misma y a pesar de su indignación, yo me sentía especialmente feliz y eufórica: yo jamás sería "noble". Mi investigación había concluido.
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